Esopo tenía razón, por @SrGines

Empató la Deportiva (1-1) frente al Alcorcón en un partido que se le puso muy de cara pero en el que los locales no supieron aprovechar su ventaja y acabaron teniendo que conformarse con un punto…y gracias.

Seguramente todos conoceréis la fábula de la liebre y la tortuga, no hace falta que os la cuente. Pero por si no la conocéis, os voy a introducir en el maravilloso mundo de la literatura clásica. Con ligeros retoques, permitidme esa licencia. Érase que se era, una liebre y una tortuga que se retaron a una carrera. Comenzó la liebre distraída y la tortuga tomó una ligera ventaja que la liebre en apenas dos zancadas logró recuperar. Pero a partir de ahí se lo tomó más en serio y comenzó a jugar al ratón y al gato con su rival. Daba un par de zancadas largas y se paraba. Esperaba a que la tortuga le igualara y volvía a adelantarse otro par de zancadas. Y así estuvieron la primera mitad de la carrera prácticamente. Hasta que llegó un momento en el que la liebre se cansó de ese juego y puso tierra de por medio sin mirar atrás. Estaba poniendo los cimientos de su victoria. La tortuga, pobrecilla, daba lo mejor de sí, pero por mucho que lo intentaba, era imposible que alcanzara a su rival. La liebre ya iba por la mitad del camino, mientras que ella apenas había comenzado su andadura. Va a ser que no, pensó. Aunque no se resignó.

La carrera continuó más o menos igual tras pasar por el avituallamiento, la liebre pasó veloz y pizpireta. Con una ventaja conseguida por sus méritos y su esfuerzo, mientras que la tortuga tardó un poco más. Lenta, pero segura. Confiante de que sus opciones en la carrera ni mucho menos habían acabado a pesar de la ventaja de su competidor. La liebre siguió a lo suyo. Quizá aflojó algo el paso, pero siguió a un ritmo imposible para su reptil rival. Y a todo esto a la tortuga no paraban de crecerle los problemas. Primero, se torció un tobillo. Buff, qué mala pata, pensó. La liebre, au contraire, razonó: fíjate qué suerte, ahora puedo bajar un poco más el ritmo, no me voy a desgastar sólo en esta carrera, que hay más en el futuro y tengo que estar en forma. Pero no acabaron ahí las desgracias para la pobre tortuga, que poco después se torció otro tobillo. Entonces sí que sí, la liebre pensó que lo tenía todo hecho y se dijo: no sólo me voy a relajar un poco. Es que estoy un poco cansada y me voy a parar a echar una siestecita. Creo que me lo he ganado. El camino es tan franco y la victoria tan asequible que porque me duerma unos minutos, no va a pasar nada. Y mientras la liebre dormitaba, la pobre tortuguita lisiada sacó fuerzas de flaqueza y pensó que era el momento de mostrar su gallardía y pundonor. Y así, pasito a pasito, cojeando y maltrecha llegó hasta donde plácidamente reposaba la liebre. Y sin que se diera cuenta, comenzó a ganar ventaja y más ventaja, tanta, que a pocos metros de la meta, comenzó a creer que podría ganar. Pasó por allí un amigo de la liebre que sabía que estaba compitiendo, pero no se molestó en despertarla. Veía como la tortuga se alejaba pero ni por un momento se le ocurrió que la victoria su camarada corriera peligro y si se le pasó por la mente tal posibilidad, no puso los medios para evitarlo. Pasó de largo. La liebre se desperezó despacio de su letargo. Le costó ubicarse y saber dónde estaba, pero cuando se centró, vio, a lo lejos, casi cerca de la meta, a la tortuga cojeando. No daba crédito. No ha podido pasar tanto tiempo. Si apenas me han parecido cinco minutos. Y echó a correr. Puso todo su esfuerzo y su empeño en intentar alcanzar a la tortuga. Galopó incluso más que al principio cuando quiso sacar su ventaja, pero todos sus esfuerzos fueron en vano. Cruzó la línea de meta justo en el mismo momento en el que lo hacía su lisiado rival. Ni siquiera la ‘foto-finish’ pudo determinar quién era el ganador y, así, los dos rivales tuvieron que compartir su medalla. La liebre pensó que era injusto. Que era más rápida y que merecía ganar. La tortuga le respondió: “Mira por todo lo que he tenido que pasar. Yo también tengo mi mérito. Podías haberme ganado con facilidad, simplemente, con no pararte a dormir, era suficiente. Podías haber seguido andando y hubieras ganado igualmente, pero te pudo la soberbia y es raro, porque tú no eres así, siempre entrenas más que nadie y lo intentas más que nadie, porque a pesar de ser liebre, sabes que siempre hay un galgo al acecho para cuando te descuidas, por eso nunca lo haces. Pero hoy me viste tan frágil que pensaste que sería sencillo y no tuviste en cuenta que mi orgullo estaba herido y quería, simplemente, acabar la carrera” La liebre se quedó pensativa y mascullando su no victoria. “No me volverá a pasar” se dijo. FIN.

Al final, Esopo tenía razón. Los clásicos suelen tenerla. Sois lo suficientemente inteligentes para extrapolar y yo estoy lo suficientemente cabreado para no escribir lo que me pide el cuerpo. Pero creo que se ha entendido a la perfección. Esperemos no tener que acordarnos de estos dos puntos al final, porque los tuvimos en la mano y los dejamos escapar. Un saludo.

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s